Científicos de la Universidad de Reading han conseguido poner en funcionamiento un robot móvil dirigido por un cerebro biológico. Concretamente, la mente que maniobra el aparato está formada por células extraídas del encéfalo de fetos de rata —noticia en elmundo.es, en Telegraph.co.uk, en NewScientist (incluye vídeo), y nota de prensa de la Universidad—. No hablamos ya de un ‘cochecito eléctrico’, ni de un autómata, ni tampoco de un robot; nos encontramos ante un auténtico animat, ser en el cual lo biológico y lo artificial se unen para dar lugar a lo que podríamos llamar ‘un animal artificial‘.

En las webs de los doctores Kevin Warwick y Ben Whalley podéis encontrar más información. Recordemos que el Dr. Warwick es famoso por el Proyecto Cyborg, en el que se implantó un chip de silicio en el brazo que le permitía controlar luces, puertas, la calefacción y otros dispositivos electromecánicos sin mover un sólo dedo (galería fotográfica). Por ello es conocido como ‘Capitán Cyborg’. También es interesante ver este vídeo:

Me he acordado de una noticia parecida, que hablaba de cómo un cultivo de neuronas de rata había aprendido a pilotar un avión en un simulador (podéis leer aquí la noticia en español). En aquella ocasión, se trataba de un proyecto dirigido por el Dr. Thomas B. DeMarse, del Departamento de Ingeniería Biomédica de la Universidad de Florida. Si para controlar la velocidad y el rumbo del animat de la Universidad de Reading son necesarias 300.000 neuronas extraídas de fetos de ratas, en este caso era suficiente un cultivo de 25.000 de estas células obtenidas del córtex de animales adultos.

Ambas técnicas tienen en común el hecho de que el cultivo celular es depositado sobre un dispositivo conocido como Multi Electrode Array (MEA, Matriz de Múltiples Electrodos). Se trata de aparatos diseñados para estimular y registrar la actividad eléctrica extracelular de tejidos biológicos, de manera que sirven de interfaz o capa de comunicación entre un material vivo y otro inerte de naturaleza electrónica. Las neuronas se depositan tras haber sido separadas; esto es, se destruyen las conexiones que las enlazan formando una red en el cerebro de un ser vivo. Una vez dentro del MEA, comienzan a interactuar con parte del mundo exterior (se trate de un robot móvil, un simulador de vuelo, o una prótesis de pierna). Las neuronas envían señales eléctricas que activan determinadas acciones en el exterior, al tiempo que reciben información acerca del efecto de estas decisiones.

De este modo, las neuronas ‘aprenden’ recombinándose y formando una nueva red que ha sido ‘adiestrada’ para realizar una tarea determinada. El tejido celular vivo ‘aprende’ de su entorno y evoluciona para adaptarse a nuevas necesidades que, tal vez, son muy diferentes de las que le habían sido destinadas en el cerebro de una rata. “Buscar comida”, “huir del gato” o “encontrar la salida del laberinto” puede ser ahora “pilota Airbus A380” o “transporta esta mercancía al almacén”.

Las aplicaciones son múltiples e interesantísimas. Desde el desarrollo de nuevas tecnologías que permitan la interacción más eficiente entre el tejido nervioso de los seres vivos y dispositivos electromecánicos como prótesis y nuevos medios de transporte, hasta la mejora de la comprensión de los mecanismos que rigen el funcionamiento del cerebro, la forma en que este aprende y conseguir así nuevos tratamientos para combatir afecciones como la epilepsia, o terribles enfermedades como el Parkinson o el mal de Alzheimer.

Thomas DeMarse sujeta un cultivo de neuronas de rata (izquierda). El animat de la Universidad de Reading (centro). Multi Electrode Array empleado en el Laboratorio de Bioingeniería del Georgia Tech, donde hacen cosas parecidas (derecha).

Tal vez Charles Perrault no andaba muy desencaminado, y no solamente escribía ficción, cuando encomendó precisamente a uno de estos roedores la misión de conducir la carroza de Cenicienta:

La Cenicienta volvió con la ratonera en la que había tres grandes ratas. El Hada escogió una entre las tres, dándole la preferencia por su barba; y habiéndola tocado con la varilla, se transformó en un fornido cochero con gruesos bigotes.

[Visto en elmundo.es vía Oscar. ¡Gracias!]